Fanzines apócrifos: Hoja Luz

Fanzines apócrifos es una columna en la que, en contra de todo decoro y buena voluntad, reseño historietas autoeditadas que me parezcan notablemente malas. Puede ser el guión, el concepto o tal vez varios fanzines que se engloben en un mismo fenómeno que sienta que valga la pena explorar y repensar. Hoy le toca a Hoja Luz.

Voy a ser directo: Hoja Luz es posiblemente la peor historieta que haya leído en mi vida. No es buena ni en idea ni en ejecución, pero tampoco es mediocre. Para su desgracia, es un producto llamativamente malo, y por eso no dudé a la hora de sumarlo a esta columna sobre fanzines que, personalmente, no puedo dejar entrar en mi canon de obras rescatables.

Cualquiera que busque los fanzines de Hoja Luz para entender por qué me parece una obra horrible lo primero que diría es “ah, el arte es horrendo” y tendría razón, pero voy a evitar estancarme mucho en la parte artística porque (1) yo no tengo conocimientos técnicos de dibujo, y (2) la versión que yo leí de la historia está desactualizada, ya que el autor redibujó todo. La nueva versión, aunque mejora algunos aspectos como que los ojos sean menos enormes o que no todo esté sombreado con la misma ¿lapicera?, sigue siendo bastante difícil de apreciar. Ya vamos a llegar a eso.

Hace mucho quería hablar de esta obra del fanzinero Lapifito, que viene publicando y reeditando desde hace más de tres años. Es un producto tan específico que me cuesta describírselo a alguien que no lo conozca, pero vamos a hacer el intento.

La trama de Hoja Luz transcurre en un satélite de la Tierra llamado “Clorudia”, específicamente en la Península Eucalipto. Allí vive nuestro protagonista Gustavo, hijo de dos “superhéroes” locales. En la Península conviven tanto los autóctonos clorofanos como los humanos, que asumo vendrán de la Tierra. Gustavo disfruta su adolescencia yendo al secundario (aunque tiene 19 años según el autor), durmiendo y comiendo en el Pumper Nic (una franquicia de hamburgueserías que cerró en 1999, pero que al parecer logró reabrir una sucursal en Clorudia). Todo iba bien en la vida de Gus hasta que, mientras camina al colegio con su amiga Leticia son atacados por un ladrón y este muere en circunstancias sangrientas y misteriosas. Escapan entonces al bosque “lleno de asesinos” y son emboscados por los “monos forestales”, una sub-raza que vive en la Península y que son malos porque sí. La cosa sale de la peor forma posible porque asesinan a Gustavo, cuyo cadáver cae en un árbol de eucalipto. En un extraño trance se encuentra con la diosa Ulamutua que le otorga… “poderes de eucalipto”. El protagonista renace y con sus nuevos poderes comienza su vida como héroe de Clorudia.

Tan predecible como es de esperar, la cosa va de cómo Gustavo va descubriendo otros personajes con poderes (incluida su amiga Leticia) y todos forman un grupo de guerreros dispuestos a enfrentar las ambiguas fuerzas del mal bajo el nombre de “Hoja Luz”. Y si hasta ahora sonaba un poco cliché es porque lo hice sonar así. La realidad es mucho peor.

Empezando por lo más específico, mi mayor rechazo por Hoja Luz arranca por el guion. Los diálogos de este fanzine son la pesadilla más oscura de cualquier corrector de estilo, y no hay ninguna página rescatable de este desastre ortográfico. La coherencia y la cohesión brillan por su ausencia en todos y cada uno de los capítulos de esta serie (que hoy en día continúa saliendo), lo cual me lleva a pensar que simplemente no le importó al autor que sus textos fueran legibles. ¿Ningún amigo lo leyó y le dijo que había que hacer fuerza para descifrar sus diálogos?

Hablando de diálogos, nunca encontré unos tan artificiales y forzados como los de Hoja Luz. Lapifito no encuentra nunca un registro común para sus personajes (o no le importa en absoluto que lo haya) porque a veces se tutean, a veces se vosean, a veces utilizan expresiones argentinas y a veces sacadas de dibujitos. Nunca pensé que iba a leer “maldita zorra” escrito no-irónicamente en una historieta argentina como quince veces, pero la vida a veces nos sorprende con cosas así.

Otra perlita de los diálogos entre personajes es lo específicos que se ponen. Es como si el autor se hubiera encaprichado con alguna expresión mientras los escribía y ésta se repite durante todo el capítulo. A veces solo se refieren a todos los varones como “chabón”, otras veces todos se amenazan con “cortarse los brazos”. Repeticiones por doquier (mi ejemplo favorito de esto es cuando repiten tres veces “hace diez años” en la misma viñeta), especificaciones innecesarias (“Puedo recompensarte con algo menos con sexo en un telo” es una frase real de esta historieta) y en general un completo desconocimiento de cómo hablan las personas en la vida real.

La historia, tal como la narra Lapifito, no tiene ni pies ni cabeza. La aparición y motivos de los villanos, el por qué todo empieza a suceder recién cuando Gustavo obtiene poderes, el funcionamiento del mundo que plantea y todas las demás incongruencias de la trama se explican, en el mejor de los casos, con un Deux Ex Machina (“Ulamutua lo hizo”…) y en la mayoría de los casos solo no se explican. Lo primero que nos cuentan es que los padres de Gustavo son los héroes del pueblo (“queridos más que cualquier político” ¿?) pero desde que el hijo toma el manto de Eucalip (su nombre de héroe) dejan de involucrarse cuando aparece algún villano. La trama plantea que las personas obtienen poderes cuando mueren y la diosa se los otorga, pero los villanos de turno tienen habilidades sobrehumanas porque sí. En un momento todos los villanos muertos reaparecen como zombis sin razón alguna. La mascota de Gustavo, Viperim, resulta ser una “ángel-demonio” de tetas grandes y poca ropa y jamás revela por qué originalmente era un gusano que hablaba. Podría estar señalando agujeros argumentales todo el día pero creo que el punto se entiende, así que los dejo con mi favorito: el personaje de Iris se sube a su moto para ir a reunirse con los personajes, pero llega tarde porque está yendo en colectivo. ¿Qué pasó con la moto? Jamás lo sabremos.

Hay un elemento infantil muy obvio que envuelve al concepto de Hoja Luz. Entre el insoportable self-insert del protagonista al que siempre los malos burlan por gordo pero que todos los personajes femeninos a su alrededor quieren garcharse, pasando por que los personajes tienen su nombre escrito en sus objetos personales (la mochila, los auriculares, etc), hasta la trama que parece irse improvisando a medida que avanza, la realidad es que más que un guion, yo siento que estamos leyendo la versión ilustrada de un nene jugando con sus juguetes o con sus amigos imaginarios. Sé que yo, cuando era muy chico, imaginaba que mis peluches eran personajes en una compleja y expansiva trama de acción, romance y misterio que solo me entretenía a mí, y no puedo evitar ver ese espíritu infantil en el desarrollo de Hoja Luz. Sería hasta tierno, excepto que más que infantil parecen las ilusiones de alguien pasando por una adolescencia tardía muy hormonal influenciada por lo peor del fanservice que el animé tiene para ofrecer. Los desnudos forzados, la insistencia de todos los villanos en querer violar a las heroínas y el arquetipo de protagonista de harem que es estúpidamente inconsciente de los sentimientos de todas sus compañeras terminan de confirmar mi teoría. Incluso en una escena del capítulo ¿9? El personaje de Iris se viste con un “traje de escuela de los japoneses” sin explicación (recordemos que en la historia, en Clorudia no existe Japón).

“No” es “no”, machito.

Me molesta particularmente que el protagonista sea gordo (y se resalte en cada ocasión posible) como si Lapifito se sintiera muy orgulloso del elemento transgresor e inclusivo que integró a su serie, pero que después todas las protagonistas sean mujeres flacas y de tetas más grandes que sus cabezas que siempre usan pollera y constantemente se les ve la bombacha. Revolucionario, pero no te metas con mi fanservice, y eso lleva a un tema más amplio que es el sexismo en esta serie, para sorpresa de nadie. Creo que el mejor ejemplo del nivel de machismo que alcanza Lapifito artísticamente llega en el capítulo #6 cuando su protagonista (el héroe tímido, pobrecito, lo burlan por ser gordo) no acepta que su amiga Sinara no quiera contarle con detalles una situación de violencia que sufrió y amenaza con cortarle las manos (¡!) si no le cuenta. Es una situación de acoso de manual en la que Gustavo no quiere aceptar un “no” por respuesta y la pobre piba termina aceptando por miedo a que este varón la torture físicamente. Esos son los valores que maneja Lapifito.

Como ya dije antes, leí una versión desactualizada de Hoja Luz, que el autor decidió volver a dibujar desde cero. La nueva versión no es mucho mejor, y aunque tuvo algunos arreglos al final el balance es negativo porque los fanzines actuales son más explícitos en lo que refiere al exhibicionismo innecesario de las mujeres (también de la violencia, pero cuando la sangre son manchones amorfos de tinta no causa mucha impresión). Según parece, estas nuevas versiones pasan a ser de “para mayores de 16” a “para mayores de 18”, usando un criterio inentendible que al final del día a nadie realmente le importa.

Lapifito tiene una extraña fijación por los delincuentes urbanos. En demasiadas ocasiones los personajes son asaltados, secuestrados o interceptados por ladrones, asesinos o violadores, todos con camisetas de fútbol desgastadas, dientes podridos, gorritas y jerga “de la calle”. Estos estereotipos andantes son todos intercambiables y solo sirven para que el personaje de turno se luzca asesinándolos brutalmente. Lo interesante es que los intercambios con los “malvivientes” previos a las peleas son, cuanto mínimo, hilarantes. Parecería que el autor nunca en su vida estuvo en una situación de robo, pero quisiera interpretarla de forma “realista” en su obra. Sin ir más lejos, en el asalto del primer capítulo el ladrón se pasa dos páginas más concentrado en insultarlos que en sacarles sus mochilas. También tira algunas líneas ridículas que pasarán a la historia como “¡Denme sus mochilas o los hago fiambre con diez mil balas!” o “¡¿Querés que te haga poner en cuatro patas y te corte la lengua?!”. Como ya dije antes, estos encuentros terminan con los chorros siendo brutalmente asesinados, como si hubiera una bronca del autor hacia los delincuentes que necesitase sublimar por medio del arte. Ahí lo banco un poco, qué se yo.

Para no alargarme más con las críticas, me falta nomás señalar que el diseño gráfico de Hoja Luz es dañino a las córneas y el comic-sans pegado con Paint en los diálogos tampoco ayuda.

En fin, me parece que me fui un poco al carajo, pero la idea no es solo señalar horrores porque sí. Quería hablar de Hoja Luz en todo su esplendor porque me parece que es el mejor ejemplo de lo que el medio del fanzine tiene para ofrecer. La autopublicación como tal existe para que los artistas puedan expresarse libremente sin limitaciones editoriales, lo cual expande el horizonte de la historieta a límites inimaginables, incluso si hablamos del horizonte de la mala calidad.

Hoja Luz jamás podría salir por ninguna editorial que no sea manejada por el propio Lapifito, porque ningún editor podría ver este producto como algo con lo que sacar rédito económico. La trama no va a ningún lado, la premisa es insostenible y la ejecución no tiene rescate. Es, a mi parecer, una historieta que no puede gustarle a nadie, al menos no honestamente. El único fanático de Hoja Luz es el propio Lapifito, pero eso es más que suficiente. Gustavo, Leticia, Sinara y los demás personajes son sus juguetes y él juega solo. El fanzine es una ventana que nos da a su imaginario, y no necesita de validación (o invalidación) ajena para existir. Puedo entenderlo perfectamente: yo también hice una vez un fanzine (aunque no era de historieta) que prácticamente nadie quiso comprar y ahora solo regalo. Entiendo lo que es hacer un fanzine que no le guste a nadie, y por eso admiro la tenacidad con la que dibuja, redibuja, imprime y sale a vender hace años este producto apócrifo. Si la mitad de los artistas independientes tuvieran su entusiasmo ahora mismo estaríamos viviendo una nueva primavera de fanzines. Sin dudas Hoja Luz es la representación más impoluta que conozco de la libertad que otorga el formato fanzine.

Para terminar, aunque suene completamente contrario a todo lo que dije hasta ahora, recomiendo muchísimo que compren algún ejemplar de Hoja Luz si tienen la ocasión. La lectura de estos fanzines (sobre todo en voz alta) se me hizo increíblemente graciosa. Estoy hablando de ataque de risa genuinos, carcajadas en voz alta ante esta obra cuyo valor irónico la convierte en una experiencia cómica que muchos humoristas profesionales envidiarían. Si tuviera que ponerle un valor numérico, Hoja Luz sería un -10, porque es uno de esos geniales casos de “tan mala que es buena”, y eso vale la pena resaltarlo.

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8 comentarios sobre “Fanzines apócrifos: Hoja Luz

  1. Releyendo esto, me di cuenta que el autor de esta nota no solo tiene la mala leche, también veo que los comentarios, mejor me sigo dedicando a mejorar el proyecto, las basuras como este HDP lo pagaran caro de alguna manera

      1. Si eso lo llamás “critica”, entonces mi respuesta es gardel :v
        Además ya con la respuestas leidas y otros comentarios me doy cuenta que te falta algo…

      2. Hola Fito, soy Julián. Nos cruzamos en la presentación de Revólver. Ahí me mostraste de manera directa tu trabajo (tuve en mis manos tus fanzines). Matías tiene razón en su reseña. Ojalá él estuviese equivocado y tu trabajo fuese sólido, pero lamentablemente no es el caso. No solo falla (mucho) el dibujo y el tratamiento de los diálogos (también, hay un acercamiento a la sexualidad explícita, que pivotea ente la parodia y la degradación, y que creo es necesario que reveas). Te aseguro que esta reseña, fue hecha con una sola cosa: franqueza.

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