Onigamen

El concepto de “manga argentino” es inherentemente problemático. Ya hablamos un poco de eso en la radio, pero en resumidas cuentas se trata de un problema de tensión poco reconciliable entre sus dos componentes, tanto el “manga”, refiriéndonos a la producción editorial japonesa y sus barreras culturales y lingüísticas, como a lo “argentino”, incluyendo la historia, las formas de edición de historieta nacionales, los escenarios locales y la forma de hablar y de relacionarse de los personajes. Teniendo eso en cuenta, para que un “manga argentino”, digamos, funcione/no sea incómodo de leer, tiene que buscarle la vuelta para resolver esa tensión de alguna u otra forma. Es decir, decidir si quiere priorizar el manga o lo argentino.

Un excelentísimo ejemplo de esa resolución es Onigamen, la obra que Frideld publica desde 2015 y que ya lleva cuatro volúmenes. La balanza, para Onigamen, pesa del lado del manga, abandonando la identidad nacional (más allá de ser vendido en este país por una autora argentina). Si me decían que los tomos estaban traducidos del inglés, el sueco o el coreano me lo habría creído, porque detrás de ese neutro similar a las traducciones que llegaban a nuestro país en la televisión y que se reprodujeron en el manga tradumaquetado en foros y blogs durante años, se esconde un acertado entendimiento de la historieta japonesa y sus formas de producción.

Tal vez fue casualidad, pero el hecho de que Onigamen haya salido primero en un volumen unitario que cuenta una historia autoconclusiva y luego haya continuado en una serie de tres tomos funciona de forma bastante similar al sistema de publicación “primero one-shot y después, si funciona, serie regular” que es frecuente en Japón. Este primer volumen presenta a Sanae, una sacerdotisa de un templo japonés, y a sus guerreros oni Haku y Ken. A partir de una maldición milenaria que los obliga a obedecer a la cabeza de la familia Agawa, estos dos guerreros encerrados en formas humanas luchan contra los yokais que quieren destruir el templo. La historia está bien llevada, es original y concluye de forma satisfactoria, aunque dejando la historia lo suficientemente abierta como para que no moleste si continua. Por suerte, así lo hizo.

“Viaje a Onigahara” es el primer arco largo que propone Frideld. En esos tres tomos retoma la historia donde se quedó en el tomo anterior y saca a los personajes de su escenario regular (el templo) para forzar una aventura con mucho más riesgo que la anterior. Lo más interesante de esta saga es la profundización que le da a todos los personajes, incluyendo a la amiga de Sanae, Tomoko. La historia misma se profundiza con varios flashbacks que recontextualizan a Haku y Ken, logrando que la nueva amenaza que enfrentan se sienta más jodida de derrotar, teniendo en cuenta todo lo que está en juego.

La lectura se hace atrapante un par de tomos adentro, y el estilo de dibujo que al principio descoloca un poco termina por acostumbrar. Vale la pena destacar que el fuerte de Frideld es lo estético, tanto en lo detallista del folclore japonés que decide homenajear como en el diseño de personajes y vestuario, lo cual no sorprende para nada teniendo en cuenta su experiencia como cosplayer y cosmaker. De hecho, Onigamen también fue “adaptado” a cosplays, que pueden verse en el canal de la autora.

Al final del último tomo de “Viaje a Onigahara” la historia vuelve a concluir satisfactoriamente, pero dejando algún que otro cabo suelto que, esperamos, continúe en una próxima historia.

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