“La paradoja de las reseñas”: un ensayo

Seguimos con la liberación de textos que originalmente formaban parte de “UN BOLUDO PRESENTA: ENSAYOS SOBRE HISTORIETA”, en esta ocasión el que probablemente sea el más polémico de todos. El meta-ensayo: una reflexión sobre las reseñas de historieta en nuestro país. Este texto de fines de 2019 existió como respuesta-a-la-respuesta de mi primera participación en Zinerama, el infame “Fanzines apócrifos: Hoja Luz”, una especie de primer capítulo de un “search-for-the-worst” de la historieta independiente nacional. Aunque el puesto de “peor historieta que leí en mi vida” lo perdió contra una obra incluso más inentendible, el forobardo que se armó a partir de que alguien argumente extensamente por qué algo le parecía malo me llevó a investigar, repensar todo y escribir el ensayo que van a poder leer a continuación.

Hoy no puedo decir que esté 100% de acuerdo con algunos de los argumentos explicitados en el ensayo, pero sirvió muchísimo para abrir una conversación sobre estos temas, y después de debatirlo con muchas personas del medio pude replantear varias cosas que serán explicitadas en un segundo ensayo, a publicarse mañana. Lo ideal sería salir de la reflexión sobre las “reseñas negativas” y hacer una reflexión un poco más amplia sobre el lugar de la “prensa historietística”, pero ya veremos qué sale.

Por ahora, ahí va el texto original:

“(…) la historieta no la hace sólo uno sino todos los que participan en el proceso. Incluidos los críticos”. Alberto Breccia (Entrevista con Antonio Altarriba, 1990).

Mucho se habla sobre historietas, poco se habla sobre los que hablan sobre historietas (al menos en voz alta), así que no demos vueltas y hablemos sobre eso.

A principios de este año fui invitado a escribir en el sitio de reseñas y catalogación de fanzines Zinerama y me pareció divertido comenzar con una crónica contando la experiencia de leer la peor historieta que jamás me había cruzado. La nota existe y pueden leerla y no me interesa retomar lo que dije ahí porque no es relevante ahora. Lo que sí me importa destacar fue la reacción de “la comunidad” ante dicha nota. Las opiniones fueron bastante diversas, pero una ligera mayoría opinó en contra del artículo, o, mejor dicho, de la “idea” del artículo. En contra de que se haga una crítica negativa formal a un fanzine nacional. La elección de palabras no es vaga. “Crítica negativa”, “formal” y “fanzine nacional” son los puntos clave que quiero analizar, porque implican distintas grietas argumentativas.

Pero antes me interesa dejar en claro que, aunque con distancia y perspectiva me interesa analizar ese extraño fenómeno, originalmente no fue planteado con ese propósito. No escribí esa reseña buscando un estallido reaccionario, sino como una reseña más. Es fácil decir después de ver las reacciones negativas “era todo un experimento social” o, peor, “era una joda para Youtube”, pero eso no fue lo que pasó, lo cual vuelve al fenómeno mucho más auténtico, más espontáneo y más rico de explorar.

Empecemos por la base en la que se sostiene la polémica: las reseñas de historietas. En nuestro país tuvieron un momento de masividad con la existencia de la revista Comiqueando y, en un lugar menos principal, en la revista Lazer. Hubo otras revistas que hablaban de historietas pero lo que se dice “reseña”, es decir, la expresión de una valoración subjetiva, no hubo en tantas. Post-Comiqueando los espacios de reseñas quedaron relegados en blogs y pocos sitios especializados, y aunque en los últimos años se multiplicaron de manera exponencial (lo cual celebro), su área de influencia, su relevancia y su masividad nunca fueron recuperadas. Es más, probablemente las reseñas de historieta con más visitas sean las que hacen personalidades de influencia fuera del nicho (como, por ejemplo, un video sobre historietas argentinas de “Carlitox Banana” (sic) con 18 mil reproducciones).

Si hablamos de espacios de reseñas de material nacional, ese espectro de influencia y masividad se hace aún más chico porque, simplemente, la historieta argentina es menos popular que el manga o los súper héroes. Aunque pocos lo admitan, todos lo sabemos: las notas sobre historieta argentina tienen pocas visitas. Para empeorar las cosas, muchas de esas opiniones sobre historieta son bastante similares. La mayoría de los reseñadores solo son repetidores seriales, contadores de tramas, sinopseros, chupamedias o simplemente vagos a la hora de reseñar material, tal vez porque lo hacen en “piloto automatico”, por obligación o para rellenar el espacio que les toca ocupar. Hago mi propia mea culpa, porque también lo hago a veces y me molesta caer en esos patrones tan molestos y cómodos. ¿Qué hace a una buena reseña de historieta? Si lo supiera no habría tenido este problema, obviamente. Me gusta pensar, sin embargo, que una buena reseña implica hablar explícitamente de la historieta pero implícitamente del que la lee. Tal vez por eso hay dos reseñistas particularmente opuestos que son tan “populares” (si se puede hablar de grandes popularidades en este nicho): Lucy Loles y Andrés Accorsi.

Justamente ellos dos (LL y AA) son excelentes ejemplos para hablar de crítica negativa, porque ambos se han hecho reconocidos por dar algunas de las reseñas más brutales a historietas argentinas, pero también ambos tienen una especie de halo que protege o justifica sus notas: LL habla desde afuera, como una outsider a la historieta argentina, algo que se supone que hace más genuinas sus opiniones (aunque después de más de cien reseñas es discutible qué tan “afuera” sigue estando); AA tiene la mochila de Comiqueando, Perfil y años de comunicador social en favor de la historieta. En el ámbito de la difusión de historieta es lo más cercano que tenemos a un prócer, y esa reputación le “permite” decir lo que se le canten las pelotas, aunque también acarrea la responsabilidad de saber que va a ser leído más que el resto y que lo que escriba en su blog va a discutirse en mesas de café y charlas en comiquerías. Estoy seguro de que él lo sabe y lo habrá descubierto de mala manera, pero no especulemos.

“No soy Hordak”, Pedro Mancini (Loco Rabia, 2018)

Esa difusión implica recomendar, y recomendar implica que nos guste el material, pero ¿qué pasa cuando no nos gusta? Mi abuela decía que si no tenés nada bueno que decir entonces no digas nada. En un mercado perfecto, los buenos productos se recomiendan y los malos se ignoran, lo que conlleva que dejen de hacerse malos productos. En esa visión utópica, si seguimos reseñando obras buenas e ignorando obras malas la calidad general de la historieta argentina solo va a mejorar. Asumo yo que esa debe ser la perspectiva de muchos reseñistas, y es respetable, pero implica, por ejemplo, que nadie hace reseñas por amiguismo, que nadie hace reseñas solo porque le regalaron el material para hacerlas o que nadie hace reseñas de material solo porque está de moda y quiere más clicks. Ese mercado autoregulado, ese liberalismo historietístico, se cae bajo su propio peso.

La otra opción es que si algo no es bueno (y es notablemente no-bueno, lo suficiente como para que valga la pena escribir al respecto) se reseñe de forma negativa, para desgracia de mi abuelita. ¿Se gana algo con la reseña negativa? Y… en mi experiencia, no mucho. Puteadas por redes sociales, algún que otro momento incómodo en eventos y que un fanzinero se ponga a difamarte personalmente y acose a tu novia por mensajes privados porque no le gustó lo que dijiste de su fanzine choto. Entonces ¿por qué hacerla? Yo me pregunto lo mismo. Sacando razones radicales como la bronca o la maldad, el único motivo que se me ocurre es la integridad, demostrar que no solo te dedicás a decir que cada historieta que mencionás está buena, y en parte el entretenimiento, porque, admitámoslo, es más fácil escribir algo entretenido cuando está el morbo de que lo analizado sea horrible.

Se ha argumentado (por ejemplo, por Quique Alcatena, que además aportó a la discusión original que la crítica negativa que lo inició todo le parecía “cruel e innecesaria”) que tal vez el lugar para las reseñas negativas sea la informalidad, la charla de café y los susurros en pasillos. Que una reseña negativa implica exponer al autor o autora, señalarlo con el dedo y decir “miren, miren qué fea su historieta, burlémonos” dada la naturaleza del discurso en redes sociales. Básicamente, que las reseñas de historieta, en este caso negativas, pueden afectar a la figura del autor y su obra.

“Destrucción”, el Waibe (Clan de Fomento, 2018)

Eso es a lo que llamo “la paradoja de las reseñas”. No es un concepto muy original. Por ejemplo, los sectores políticos de izquierda lidian con eso todo el tiempo: por un lado son el malvado marxismo cultural que viene a corromper las sociedades blancas de occidente, pero por el otro son los boludos que no los vota nadie, que nunca fueron mayoría y que solo son un nicho inexistente en algunas universidades. ¿En qué quedamos? O las reseñas de historieta argentina no pueden ser negativas porque entonces pueden dañar a las obras o son una boludez que solo leen un par de giles, pero no ambas cosas en simultáneo.

Pero todavía falta una parte de la fórmula, la que se refiere específicamente a “fanzines argentinos”. “La gente se ofendió porque criticaste a un fanzine, no porque sea historieta”, podrá argumentar el lector atento, y puede que tenga razón, así que exploremos un poco eso. Hay dos posturas que se pueden tomar acá, (1) siendo la de “toda la historieta es igual y puede analizarse y criticarse en la misma medida, ya sea fanzine o libros de editoriales grandes” y (2) la de “los fanzines son un espacio amateur de expresión en historieta así que no se los debería criticar en la misma media que a un libro de autor consagrado en una editorial”. Antes de escribir la reseña que empezó todo yo me consideraba más del lado de la primera, pero después de ver las reacciones y analizar qué pasó empecé a moverme hacia un lugar más en el medio, entendiendo que no todas las obras ofrecen lo mismo al lector (a nivel de precio y estándar de calidad supuesto) pero tampoco subestimando a una historieta solo porque se vende en la carpa de fanzines y no en la Feria Internacional del Libro.

¿Qué pasaría, entonces, si la reseña negativa fuese a una obra un poco más profesional? Es complicado buscar ejemplos y cero ganas de hacer el experimento, pero podemos chequear el caso de AA en 2011 cuando reseñó un libro horrible editado por Dunken, que a fin de cuentas solo editan al que tenga plata para pagarlo y resulta en un fanzine con pasos extra. En ese caso las respuestas fueron sorprendentemente similares a las del caso en Zinerama, con varios diciendo “déjense de romper las pelotas”, “me parece un acto de crueldad”, “innecesario”, “no lo entendés”, “no importa que hablen mal, lo que importa es que hablen”, “sos boludo e ignorante” y testamentos bastante ofendidos al respecto (copio y pego con errores de ortografía incluídos uno específico porque es una maravilla: “Pero que asco que dan estos “INTELECTUALES DEL COMIC” que sientan su culo gordo y oloriento para destruir a alquien que seguro hizo todo con esfuerzo, que mierda hacen ustedes ratas mas que criticar, apesta gente tan asquerosa y sinica, comentarios de odio por ser alguien del interior del pais porteños ridiculos. Podrian dar consejos en que mejorar al autor en vez de su vomito venenoso, que poca humanidad que tienen soretes, no puedo creer lo que leo esa bronca violenta e insultos a alguien que ni conocen! que puedo decir cerdos asquerosos,ustedes son lo peor sigan en su miserable realidad de no hacer nada y criticar, nefastos estupidos y enfermos. Soretes”). Aunque no sea el ejemplo más conveniente, sí sirve para ver que si hay una reseña negativa de pronto gente del nicho va a salir a desprestigiarla, a cuestionar el lugar desde el que se escribe (lo cual no pasa cuando la reseña es positiva) y rápidamente empiezan los debates sobre si es ético decir formalmente que una obra no es buena.

“La Resaca”, de Fede Pazos (Hotel de las Ideas, 2019)

Por supuesto, no estoy descubriendo la pólvora con este ensayo. Como ya dije, son todas cosas que muchos pensamos pero pocos decimos. Es más, seguramente puede aplicarse este mismo análisis a otros nichos, pero yo solo leo historieta.

Este hilo de pensamiento bastante caótico no nace de la desidia o la bronca. No es una búsqueda de justificación por haber escrito una reseña en un blog porque la verdad me chupa un huevo y también el otro si a la gente le molesta lo que escribo. Este ensayo existe porque me es honestamente fascinante ver cómo se comporta la comunidad de lectores, editores y autores de historieta argentina, y me parece necesario empezar a discutir qué lugar ocupa la crítica en ese espacio.

2 comentarios sobre ““La paradoja de las reseñas”: un ensayo

  1. Es evidente mi grado de boludez, porque me ha resultado interesante el artículo.
    Si hay algo que me aburre (o aburrió en su momento) de “Zinerama” es/ fue su excesiva cantidad de reseñas. Reseñas, por otra parte, de publicaciones independientes que -al menos yo- no considero fanzines. El criterio de Julián es diferente y es él el dueño de la pelota, lo que está muy bien.
    No recuerdo haber leído reseñas negativas de LL, aunque muchas veces no paso del título, siendo sincero. Había una realizada a una historieta de contenido machista de Vlad Tepes, creo. Un golpe fácil y certero. Pero por lo general sus reseñas están rebozadas de una suerte de “buena onda” impostada y pobladas de guiños a la industria cultural allende las viñetas, como producciones audiovisuales que no cacho –no miro series ni televisión-. Si Accorsi referencia a otro autor de historietas en cuanto al dibujo, LL –que carece de ese capital cultural- recurre a realizar una analogía a algún personaje que (google mediante) me entero que es de la serie de moda. O resalta algún detalle irrelevante (hay un perrito, amo los perritos)…no sé.
    La papa me hizo ensartar alguna vez con algún material que no resultó ser tan glorioso como prometía, pero en líneas generales, le debo a él y sus compañeros de Comiqueando, haber conocido excelentes obras en mis años formativos. Las obras que ahora me interesa leer como “Mi Pequeño” de Olivier Schrauwen, el Soft City de Terje Brofoss, “El Jugador de Ajedrez” de David Sala o el “Contra Raúl” de Raúl Fernández Calleja, no recuerdo haberlas visto mencionadas en el sitio de la Papa. Hoy por hoy las reseñas o críticas sólo me sirven para enterarme del material que hay disponible, como si de gacetillas se tratara. No las leo, salvo que ya haya leído la obra reseñada.

    Creo que en el podcast de Sáenz Valiente este dice que no había leído la “crítica lapidaria” que le hicieron en la Comiqueando, lo que probablemente lo hubiera desmoralizado al punto de abandonar el dibujo. Creo recordar, también, que hace muchos años, don Alcatena desde su blog criticaba a los bloggers que siendo muy amateurs publicaban lo primero que les salía del lápiz porque esto generaba que tus seguidores te adularan acríticamente por un lado y te quemaba ante posibles editores o gente “seria” del medio. Capaz que no era él, sino otra celebridad del dibujo vernáculo.
    Las críticas son críticas, ni crueles ni lapidarias. El autor que no esté listo para recibirlas no debería publicar nada en ningún medio, ni digital ni impreso. Sí creo que –independientemente de eso- alguien que oficia de crítico de fanzines no puede usar la misma vara indistintamente, porque sabemos que dentro del mundo del amateurismo hay un abanico impresionante. Es el problema que tenemos los humanos con esa pretensión de universalidad. Al sostener un fanzine entre manos, uno -que consume ese material hace años- sabe más o menos el tipo de publicación con la que está lidiando. El autor se lo tomó lo suficientemente en serio para invertir en él, pero esto ¿Alcanza para que uno también lo tome en serio? ¿Es subestimarlo el no hacerlo? ¿Se gana algo haciendo un análisis sesudo y pormenorizado de un fanzine intrascedente, del todo amateur?¿Se está salvando a alguien de trocar su dinero laboriosamente ganado por un atajo de fotocopias de dudosa calidad, que el mismo interesado puede levantar de la mesa en la feria, ojearlo y dejarlo allí sin más?
    Ojo, yo amo los fanzines, inclusive los más amateurs que tengo; algunos fueron comprados precisamente por esa condición, porque celebro que el dibujante más inexperto, que no puede escribir la palabra ”narrativa” imprima una copia de su obra novel y sea dominado por el ímpetu de venderlo. Me fascina, como me fascinaban los dibujos de algunos de mis estudiantes de primaria cuando enseñaba ese lenguaje.

    Un fanzine no “tiene” que cumplir ninguna expectativa de nada, ni poseer nada, no tiene que “ser” nada, es la pura posibilidad, parte de su encanto, de su frescura. Puede ser lo que quiera o lo que pueda. De ahí a que uno le exija determinadas condiciones hay un trecho y es un problema propio. Que sea accesible en términos económicos, que sea fruto de un laborioso y cuidado proceso más allá del resultado, su carácter genuino, puede ser lo que yo valore; otro puede estar buscando todo lo contrario, el gesto, el grito, la escupida. Otro una correcta historia superhéroica, o un Shonen “nacional y popular”. Puede estar hecho con odio, con desesperación o con la frialdad del cálculo. Y –los autores deberían saber- si está hecho, materializado, es susceptible a la crítica.

    Momento de la autorreferencialidad. En la época en que hacíamos un fanzine con mi finado amigo Jacinto Lárami, estaba siempre presente en nuestros fútiles intercambios el hecho de la crítica. Pero no crítica entendida como una disciplina analítica dentro de un campo dado, “la crítica de historietas” ponele. Que entendíamos que –si bien éramos un fanzine semi desconocido- era algo que podía suceder.
    Me refiero a una crítica más coloquial, de esa de ir a eventos y compartir tiempo y espacio con otros fanzineros que volvías a ver cada tantos meses. En nuestro caso –y sobre todo al comienzo- esperábamos que alguien nos interpelara disgustado (algo de eso pasó en algún momento) por el contenido del fanzine, que tenía su carga de denuncia social pero también la emprendía contra fanzineros de aquel entonces fácilmente identificables. En el extinto blog había bastante material al respecto y las disertaciones semi públicas que teníamos con Jacinto.
    El caso es que nuestra falta de sociabilidad nos mantenía al margen de esa suerte de “comunidad” fanzinera (en 4 años no hicimos ni un amigo, sí algún conocido ¡Hola Julián!) y eso nos permitía cierta capacidad de acción. La idea era que si no teníamos amigos allí, no había ningún impedimento para decir lo que quisiéramos de quien quisiéramos –más que las ganas o no de bancar con el cuerpo llegado el caso-. Esto a su vez implicaba otras limitaciones: no podíamos criticar a la gestión nacional y participar de “Comicópolis” o criticar a Macri e ir a la lavada de cara del gobierno y su interés por la cultura joven, organizando ferias de fanzine en el CCR.
    La mirada crítica es siempre un camino solitario.

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