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Existe un conocido dicho, sobre todo aplicado al cine, de que ‘segundas partes nunca son buenas y ni hablar de las terceras’. Por suerte, cada tanto aparecen obras que marcan la diferencia, y establecen que el objetivo de toda saga debería ser superar la entrega anterior, no disminuir la calidad. Así es el caso de la Liga del Mal, un grupo de seis artistas todo terreno –Gerardo Baró, Tony Ganem, ‘Industrias Lamonicana’, Patricio Plaza, Diego Simone y Pablo Tambuscio-, que en el 2012 se juntaron en un chat de Facebook para charlar, intercambiar anécdotas, conocimientos, etc. Entre tantas idas y vueltas decidieron presentar sus propias historietas por la red social. De a una página por semana, con temáticas e historias independientes uno de otro, cada artista subía su trabajo y, cada vez que completaban un ciclo de historias, recopilaban esos trabajos en libros, primero por la difunta editorial Llanto de Mudo y este año, el tercer y último ciclo, por LocoRabia -junto con Grupo Belerofonte-. Hay que destacar que las ediciones impresas cuentan con hermosas portadas de Julián Totino Tedesco presentando todos los personajes centrales de cada entrega.

Aunque el primer libro impreso se encuentra agotado, no es obligatoria su lectura para entender los siguientes tomos -aunque a veces hay guiños ocultos entre los autores que se reconocen o disfrutan más habiendo leído todo-, y además las historias que lo componen se pueden leer en su versión original en Facebook. Otro punto interesante es que si bien hay historias más cómicas y otras más de suspenso, en general todas son dinámicas y con mucha acción, casi no hay nada de estilo intimista. Se podría decir que el ‘mal’, como entidad invisible e incluso como justificación del título, está siempre presente en los conflictos que atraviesan los protagonistas, ya sea enfrentándolo y, a veces, aceptándolo.

Tony Ganem -colaborando con Manu Perotti en guión-, es el único que rompe un poco el molde unitario: sus tres capítulos se entienden perfecto por sí solos pero tienen los mismos protagonistas y ambiente, lo que le da cierta continuidad y orden de lectura. Es una mini saga que se burla de los clichés del género de espada y brujería: el aventurero, la aldea azotada por un monstruo, las tabernas, los dragones… Nada se salva de la sátira, en especial el pequeño pollo protagonista. ¿Usar animales antropomórficos en un mundo de espada y brujería será un guiño del autor a La Mazmorra de Joann Sfar? Ni idea, pero son tres capítulos muy divertidos y bien dibujados, sobre todo el segundo donde Ganem usa dibujo y color tradicional en vez de digital.

Otro que cambia un montón su estilo de dibujo entre cada ciclo hacía una linea cada vez más depurada es Diego Simone. Su primera historia, El horror sin nombre, es paranoica, sangrienta, graciosa y ambigua en la interpretación, ¿está loco o no Fermín, el niño matador de demonios disfrazados?

Su segunda historia también se aproxima a una variante del terror más o menos conocida, la del grupo familiar retorcido, morboso y lleno de secretos. Un extraño, apodado El Muerto -tan parecido al Dyango de Franco Nero, que hasta arrastra un ataúd- llega para complicar u arreglar los ‘quilombos’.

Sin duda la joya de las obras de Simone es Las perras diamante: ciencia ficción estilo ciberpunk, mucha psicodelia y algo de sexo explícito, reunidos por una narrativa y puesta en pagina que dan envidia. Si Guro, el trabajo de Simone editado por Szama Ediciones, es la mitad de bueno que Las perras…, seguro es increíble.

Rey del terror, de Gerardo Baró, es un hermoso homenaje a Ultraman, Godzilla, Power Rangers y cualquier otra bomba mental oriental para los que crecieron entre los 70 y 80. El dibujo es limpio, caricaturesco y espectacular. La trama es muy simple pero bien dosificada en información para que recién en la última página se entienda todo.

Para el segundo libro, Baró hace Macabro, una mezcla el mito de Orfeo -el músico griego que bajó al inframundo para rescatar a su amada- con el Western y la mitología mexicana, en una fusión rarísima pero que resulta muy atractiva.

La ultima historia de Baró es Rey de la ruta, dibujada en estilo más cartoon, con reminiscencias de Kyle Baker, y con mucho humor -el personaje uruguayo es glorioso-. Tiene emoción, acción, todo. Baró es uno de los artistas que pega tres gemas de corrido.

‘Industrias Lamonicana’ arranca con 2 Deaths, un historieta llena de referencias: The Spirit, de Will Eisner, un villano igual a Jorge Porcel, e incluso una reflexión sobre el cambio de estilo de los cómics norteamericanos durante el periodo llamado ‘Edad Dorada’. Los detalles son geniales; por ejemplo, varias onomatopeyas son los apellidos de los otros dibujantes de la Liga.

La segunda trama ‘lamonicana’ es Dios Devorador, una historia simple pero que hace reír. No se puede negar que presenta un lindo elenco de personajes grotescos, eso sí.

Al igual que en el caso de Simone es en la tercera oportunidad donde todos los elementos cierran muy bien: Video-home, pesadilla analógica, es ganchera, inquietante, con los personajes muy bien escritos y con un gran manejo de la tensión hasta el final.

Pablo Tambuscio tiene tres historias que me parecieron excepcionales: Taipei, Marina y sobre todo Post Mortem son todas escalofriantes y con personajes muy queribles, por lo que las tribulaciones que atraviesan generan mucha preocupación en el lector. El dibujo y el color es brillante, muy expresivo y detallista.

Por fin, tenemos a Patricio Plaza; sus tres historias tienen en común dos cosas: la exploración de las creencias religiosas y la evolución de los protagonistas a través de un cambio fundamental . Orgón es muy delirante y Homúnculo me parece que pierde fuerza en un desenlace confuso, pero La logia blanca funciona muy bien como metáfora de la aceptación de la identidad sexual. En la primeras dos historias, Plaza privilegia la potencia del dibujo, en cambio en La logia blanca se muestra mucho más prolijo y refinado.

Es muy evidente que todos los miembros del grupo pusieron lo mejor, metieron todas sus fichas -sobre todo en el tercer tomo- y terminaron cerrando no una sino tres antologías divertidas, bizarras y con un nivel de calidad altísimo. Una gran vidriera de autores a tener en cuenta.