“No me genera ningún título copado”. Devil Got My Woman de Damián Connelly y Berliac.

Abrí la primera página y tiré un “wow” en voz alta, el gato me miró raro. Saben ilustrar una época, un espacio, un estilo de vida… No sé con qué está hecho, o qué estilo de dibujo es, pero va como piña (?) para la historia. La idea me gusta un montón, lo del misterio-medio-místico-basado-en-una-historia-real es como un género en sí mismo que me encanta.

Me llegó con un cobertor de libro raro. Si le sumábamos letras en rojo era “Rock Steady” de No Doubt, o esas bolsas de tela que venden en Italia o Francia -que solo compran las señoras, claramente-, que dicen “I Love” algo, muchas veces. Abajo del cobertor tiene la tapa original, en celeste, que me copa mucho más.

Casi me animo a decir que DGMW _abreviación de los autores, o banda hipster new wave_ se me hizo muy corto. Parece desarrollado como un trailer, o algo que antecede al libro de verdad. La línea temporal me costó, varias veces dudé haber pasado más de una página al dar vuelta, y no es que vaya y vuelva mucho en el tiempo, sino que las elipsis omitían demasiado. Como dice Don Draper: “let’s take it a little slower, I don’t want to wake up pregnant”.

Quizá por estar malacostumbrada a las películas de misterios/biopics, me desilusioné con Henry, el periodista en cuestión. Pensé en Zodiac, en Catch Me If You Can -que la vi de nuevo hace poquito-, pensé hasta en Sugar Man, que arranca con una premisa parecida, qué se yo. A mi gusto el protagonista resultó un poco malo como periodista: no investiga un choto, se re distrae con una minita y deja a los lectores sin saber la historia de Skip James, que me parecía lo más interesante.

No hicieron de Henry un personaje tan completo como para que opacase la historia del músico que desaparece por varios años. Si vas a tirar la gran Velvet Goldmine -mi película favorita, fuera de toda discusión-, el periodista tiene que:

  • a) Tener algo que ver con lo que está investigando, para que tenga sentido que nos concentremos en él, o bien…
  • b) ser mucho más interesante que el caso en sí mismo.

Creo que ninguna de las dos cosas sucede acá. De todas formas, lograron que me sienta en el mismo pantano que Henry, claramente es un libro para un día de lluvia y calor como hoy.

Reseña original: Acá.

Anuncios

ScanImage001Del título se puede aclarar que un ronin es un samurái sin amo, sin honor y sin nada que perder. Del wasabi no hay nada que pueda agregar que ya no explique el guionista Massimo Rosi en esta mezcla de ‘Kill Bill’, ‘Sin City’ y… ¿‘MasterChef’?

En la presentación narrativa ‘Wasabi. Ronin’ tiene su punto más fuerte: la parte grafica cuenta una historia simple de asesinatos y revancha con pocos diálogos y mucha acción, mientras que los captions son de una secuencia paralela, algo así como una lección de cocina. Parecerían que no pegan ni con cola pero Rosi explota las conexiones entre la cocina y el arte de la guerra japonés para que los textos hablen tanto de descuartizar un pescado como… a una persona.

Y listo, del argumento no puedo decir mucho más porque, con solo veinte páginas, Rosi y el dibujante inagotable que es Hernán González apuestan más por lo contundente y shockeante que por los desarrollos de personajes o vueltas de tuerca. Más no precisan.

Un comentario de la edición: hay una doble splash page publicada en una vuelta de página. Hoy en día que todo se prepara y revisa en computadora antes de ir a imprenta esto es casi imperdonable pero igual es algo que cada tanto pasa, ¡si hasta Zinco masacró una página del ‘Swamp Thing’ de Moore y Bissette con un moco igual! Sacando eso siempre elogio que las ediciones de Buen Gusto (y del colectivo Prendefuego en general) son cuidadas, con buen papel, formato cómodo, a todo color y baratas.

Pasando al dibujo es notable la evolución constante de González. Juega con la síntesis total en blanco y negro, con los personajes reducidos a un arquetipo gráfico: traje, corbatas y espadas. Y ese rojo mortal, asesino, que se cuela en cada página de forma tan brutal como poética. Puntos extras porque corriendo el riesgo de tener muchos personajes por página sin rasgos reconocibles, las secuencias están presentadas en forma clara y concisa, sin generar la confusión que por momentos hacían fallar a ‘Bela. El terror mudo’.

‘Wasabi. Ronin’ es impactante, se lee en un viaje en bondi de lo ganchera que es y deja con muchas pero muchas ganas de comer sushi. Bon appétit.

Un poco demorado, compartimos un par de zines.

Primer scan de la antología más prestigiosa de los ’90 cuya propuesta de “Arte + Qomix” aunó en sus páginas a los más diversos autores con orígenes disímiles y distintas nacionalidades. Éste número es una suerte de complemento al número 4 (de ahí el “Bis” y su formato similar); es probablemente el más sencillo (y breve) de escanear y el último que conseguí, hurtándolo abiertamente -en el único episodio que recuerdo no haber pagado por algo- de una prestigiosa comiquería porteña, dado que por alguna razón no estaba a la venta. Ahora es de todxs, internet mediante.
¡A su salud!

Descargar: “Lápiz Japonés N° 4 Bis”

Lápiz Japonés 4 Bis. 01

 

“Subrevios” es una publicación impulsada por Diego Matín y Nahuel León. Hizo su aparición en una FLIA en el galpón de Floresta hacia 2015, pero su base de operaciones por aquel entonces era Ituzaingó. Allí tuvo lugar el año siguiente,  la presentación -hecha a pulmón y bastante concurrida- de su número 2, en un evento exitoso con dibujo, video juegos y bandas en vivo. El fanzine tiene un fuerte contenido literario reflejado en sus historietas, que se asemejan por momentos a cuentos ilustrados. Disfruten de la calidad de “Subrevios”, publicación de calidad, no muy conocida cuando yo incursionaba en el mundillo independiente.

Descargar: “Subrevios N° 1”

Subrevios. N°1. 01

“La guerra es una mierda”. Almer Definitivo de Manuel Loza.

Me siento una vieja quejándose de la humedad. Sí, otra vez me vengo a quejar de lo mismo, algo que encuentro seguido y me parece un tema “grave”: el fucking target.

El target -a quién destinamos nuestro libro/arte/empresa/etc.- está en el armado mismo de la idea, no viene después. Si yo me compro una remera que dice “aguante el fistfucking” probablemente no la lleve a un laburo de oficina, y al momento de elegirla ya sé que eso es así. Y lo mismo pasa con los libros.

Si elegimos, como en éste caso, escribir una historia con una -¡densa!- bajada de línea moral, con conceptos como “hay que confiar”, “no hay que ser orgulloso” y giladas tipo Supercampeones, es imperioso entender que ese libro es para chicos. Los adultos -generalizando, y acá un ratito me considero adulta- no consumimos esas historias de la misma forma. Nos copa que la bajada venga disimulada en otras cosas, implícita, o al menos en forma sutil. Y, nuevamente, si nos planteamos hacer algo así de explícito, y decidimos que es un libro muy ATP -y no me refiero al adenosín trifosfato- tenemos que tener en cuenta el lenguaje, la cantidad de texto, la cantidad de capítulos, etc.

Estéticamente me encanta, es delicado y detallista. Las texturas son lindas, la cosa tipo acuarela también. Las viñetas son muy prolijas, juega con distintos tamaños sin bardearla. Las expresiones de los personajes son simpáticas, amigables, en eso va bien para su densidad moral. Me imagino que es un rejunte de capítulos que fueron publicados en distintos momentos, ya que el estilo de dibujo va cambiando en algunos episodios -unos hermosos y súper coherentes con la temática, otros no tanto-, va creciendo y achicándose el tamaño de letra, variando la tipografía, etc.

Los arcos argumentales por capítulo me parecen un poco flojos, pero -otra vez- para chicos están bien. Pero el texto es extenso y repetitivo, se come varias letras en el camino, y no mantiene el estilo del lenguaje, que me parece es parte del juego medieval. Presentando al ante último capítulo, como en todos los demás, Nyneve dice algo. Ésta vez tira un “no sé… la guerra es una mierda”. Y ahí nos fuimos al carajo, a la mierda lo medieval, lo poético, la moraleja. ¿Qué te pasó viejo? Antes eras chévere.

Entonces, ¿es un libro para chicos disfrazado de libro para adultos? ¿Es un libro para adultos que quieren algo simple que les recuerde cómo ser buenos, que hay que compartir y esas cosas? No sé. Por último, pero no menos importante: si en el primer capítulo me presentás a un perro, el nuevo y sonriente compañero de Almer, y después no vuelve a aparecer, sos una re mala persona. ¿Para qué me dicen que va a haber un perro? Si no lo iban a incluir, pónganlo al final, así no me paso cada capítulo esperando que aparezca.

Reseña original: Acá.

Algunas semanas atrás, nuestro amigo Ariel Maskin -mejor conocido por su alter ego, Max King- comentaba en un videocast que hoy el Fanzine, como objeto impreso ya no es el primer paso o escalón, sino el siguiente, y que en estos tiempos de híper-conectividad, donde las redes sociales son la forma predilecta de comunicación, hay varios pasos previos a la publicación amateur. Primero está el aprender o aprehender -de manera estructurada o autodidacta-, después publicar de manera virtual y, una vez reunido el material, sí concretar la publicación. El concepto es interesante, y reviste no solo un carácter de verdad, sino que muchas veces se da en simultáneo, con artistas que aprenden el arte de la historieta a medida que producen sus primeros trabajos, los que a su vez son publicados en las redes y/o recopilados en papel.

Explorando estos pasos iniciales, recurrimos a Paula Andrade y al curso de “Segundo Nivel de Manga” que imparte en la escuela La Ola los sábados por la tarde. Allí pudimos ver cómo los alumnos interesados en aprender a dibujar, perseveran en dominar la técnica de la historieta. Si hay algo que destacar, es que los cursos actuales pregonan una enseñanza más libre y menos estructurada que lo que hasta hace algunas décadas proponía el método de la célebre Escuela Panamericana de Arte, para permitir que los alumnos -en muchos aspectos de su aprendizaje- se dejen guiar por su propio calor creativo. Por ejemplo, a partir de un ejercicio en común -un argumento base-, los alumnos construyen la historia de forma libre, definiendo el diseño de los personajes y ensayando sus propias secuencias narrativas. Así, junto a la incorporación de nuevas técnicas y el refinamiento de lo ya aprendido, los alumnos también ejercitan su propio universo creativo, una simbiosis que se da de manera natural y orgánica.

La clase es intensa, los chicos dibujan, tienen apuro por transmitir historias. Comparten y se influencian, del intercambio surgen pedidos y nuevas inquietudes. Algunos asisten hace ya varios años o vienen de otros cursos, otros han comenzado hace poco. Algunos desean convertirse en profesionales del dibujo, otros solo divertirse, pero todos anhelan mejorar en lo que hacen, dibujar. Pero dejemos que sean los alumnos que nos cuenten en primera persona cuál es su experiencia, porqué se decidieron a estudiar manga y cuáles son sus influencias.

Lourdes López tiene 18 años y las ideas claras. Nos dice, “Decidí estudiar Manga porque me parecía importante desarrollar un talento que me define en gran parte, además de ser un medio por el que se me hace fácil y apasionante expresarme”. Y agrega, “Pensé que debía darle más tiempo a uno de mis hobbies favoritos, durante los años de escuela secundaria me privé de poder dedicarle el tiempo que se merecía. Cuando preparaba los planes para mi primer año sin escuela, pensaba en comenzar a realizar actividades que me definieran por lo que puedo y me gusta hacer, y el dibujo no podía faltar. Necesitaba darle un lugar más especial en mi vida”. Entre sus influencias, hay una explícita, “Aspiro a dibujar con un estilo como el de Yusuke Murata, el dibujante de One Punch Man. Me gusta que su estilo sea tan versátil, capaz de encajar en cualquier género”.

Leonardo David de la Cruz tiene 23 años y una pasión que llegó de manera sorpresiva, “Me decidí a estudiar manga por un regalo de mi familia, el octavo tomo de Los Caballeros del Zodíaco. Me impacto tanto que comencé a copiar sus dibujos a más no poder. Mientras me decidía a mejorar mi dibujo en una convención de Animate vi un local de La Ola y me decidí a estudiar ahí. Cuando conseguí trabajo, entré al colegio para mejorar mi dibujo y convertirme en un dibujante de manga”. Apurado por dibujar tantas páginas como puede, sus influencias son “Todo lo que leí, ya sea Los Caballeros del Zodíaco, Dragon Ball, Bleach, Haikyuu!, Zetman, y más. Además, está la influencia de mis profesores y de los autores nacionales. Me gustan no solo por los dibujos y el entintado, que es lo que más me gusta ver de todos ellos, pero también por los guiones, la forma de explicar y mover los personajes con naturalidad”.

Ariel Díaz también tiene 23 años y lo suyo viene de largo, “Desde pequeño tuve la influencia del manga, incluso sin darme cuenta. Cuando tenía 11 años de repente tuve el deseo de dibujar y crear historias, y a medida que pasaba el tiempo veía como mejoraba, aunque no me sentía conforme. Fue en ese momento que decidí que quería dedicarme al manga, sin embargo no contaba con el apoyo de mis padres, así que tuve que hacer las cosas por mi cuenta. En 2009 conocí a un amigo que también empezó a dibujar y que terminó convirtiéndose en mi némesis, aunque gracias a él y a su competitividad pude mejorar de manera considerable. Con el tiempo escuché de la escuela La Ola y, sin pensarlo dos veces me anoté, con el deseo de convertirme en un profesional. Y si bien antes miraba anime, con el tiempo lo fui dejando porque entendí que siempre es mejor conocer una obra desde la mano original, y así empecé a leer una vasta cantidad de mangas, a la vez observaba el arte como material de aprendizaje. La lista de mis lecturas es larga, pero entre los autores que admiro y son de gran influencia están Oogure Ito, Boichi, Takeuchi Takashi, Morino-Hon y Park Jin-Hwan”.

Santiago Ohrnialian tiene jóvenes 13 años y comenzó casi por casualidad, “cuando me anoté yo no sabía qué era el manga, quería hacer cómics americanos… Pero a la vez copiaba mucho Dragon Ball… Entonces mis viejos encontraron un lugar donde enseñaban cómic -pero era manga- y yo dije ‘bueno, ya fue’. A medida del tiempo, Walter (Taborda) me fue enseñando qué y cómo era el manga… Se lo agradezco con toda mi vida porque si no hoy no estaría acá. Mis viejos solo quieren que sea feliz y que en un futuro trabaje en algo que me guste, como el dibujo, muchos no pueden decir eso, lamentablemente”. Mientras busca su propio estilo, destaca como influencia a Kohei Horikoshi, el autor de ‘My Hero Academia’, y analiza cómo evolucionan sus gustos, “No veo casi nada de anime, de más chico era Otaku a muerte pero ahora estoy más tranquilo, el único anime que veo es la adaptación de ‘My Hero academia’, ¡por Dios, esa animación!”.

Gonzalo Rubino es el mayor de los alumnos, con 36 años tiene en claro el porqué de su elección, “No tomé el curso como Manga per se. Tomé el hecho de que lo daba Paula, y que podía aprender de esa experiencia. Es decir, tomé cursos anteriormente, con Capristo y con los hermanos Villagrán, y cada docente deja su huella, experiencia y conocimientos. Está bueno salir entonces del cómic argentino clásico y tomar ciertas cosas de la plasticidad y expresividad de Paula. En cuanto a mangas leo mayormente lo que publica Ivrea: I am a Hero, My hero academia o Jo Jo’s, y en cuanto a cómic prefiero artistas como David Rubín, Pope, Gabriel Bá o Miller”.

Con 16 años, y bajo el seudónimo de Abrel, Abril Romero, ya tiene varias publicaciones a cuestas. Para ella el dibujo es una herramienta, “Empecé a dibujar por la serie animada de Sonic The Hedgehog, y lo hacía como un escape de las cosas que me pasaban, ya sean buenas o malas. Hasta la actualidad veo el dibujar como un medio de liberación de lo que pasa a mi alrededor, mis relaciones con las personas o simplemente como expresión de un sentimiento. A mis 12 años descubrí la escuela gracias a mi tío que les contó a mis padres y ellos me llevaron a ver una clase, ahí me enamoré de dibujar”. Entre sus influencias está la de un prócer de nuestra historieta, “Normalmente no leo mangas ni veo animes pero Studio Ghibli me influenció mucho para crear historias desde el corazón. No tengo autores preferidos pero si un dibujante y maestro que me enseñó e influenció para aprender nuevas técnicas, contar mi historia y sentimientos en cada dibujo aunque eso me llevará a las lágrimas, Walther Taborda”.

Tomás Federico Racki, con 18 años, es estudiante universitario a la par de sus esfuerzos en el dibujo, “Decidí aprender a dibujar manga porque pienso que hay que dedicarle tiempo a lo que te apasiona. Deseaba retomar la práctica continua del dibujo, ambiciono perfeccionarlo. Mis padres me apoyaron desde el primer momento. Encontré el curso por Internet y decidí anotarme debido a la cercanía del barrio. Me veo influenciado por distintas situaciones que acontecen en el mundo, que estudio en la universidad y que creo que pueden acoplarse perfectamente a un manga. Los autores que siempre preferí a la hora de elegir mis mangas preferidos fueron los de Naruto, Dragon Ball y One Piece por la esencia de sus dibujos y sus respectivas historias, de las cuales aprendí valores aplicables a la vida cotidiana y disfruté leyendo”.

Tomás Monlezun nos habla de la emocionalidad del dibujo, “desde que empecé a ver anime y a leer manga me afloraban muchos sentimientos y quería ser capaz de lograr lo mismo. Cuando elegí dibujar manga a mis viejos no les molestó y me dieron apoyo en lo que necesitaba”. Ente sus influencias están las ficciones más populares, “Más que nada veo animes como Tokyo Ghoul, Boku No Hero, Shingeki No Kyojin, etc., me pasa lo mismo con los mangas. Si tengo que mencionar autores, me gusta mucho el trabajo de Sui Ishida, Tite Kubo y Kazue Kato.

Hacer conclusiones es algo apresurado, pero sí se puede afirmar una cosa, que en contraposición a estos tiempos en donde hacer historietas es una actividad que se hace por puro gusto antes que por un ejercicio comercial,  la producción y el ejercicio de la creatividad a la hora de hacer historietas está garantizada a futuro por los años que vienen.

*Agradecemos a Sergio Schiavinato por las fotografías que acompañan esta nota.

Siguiendo con el buceo por las arcas de Llantodemudo encontré esta obra de Diego Cortés y Nicolás Brondo realizada para un editor italiano (BookMaker Comics, hoy también desaparecido) y luego publicada localmente en una edición de tamaño pequeño pero de cuidada impresión.

Más allá de la calidad como obra en sí misma, lo interesante de ‘Bone Machine’ es su valor metatextual: tenemos a un escritor (Cortés, de gran trayectoria como escritor y editor de prosa y poesía, además de guionista) planteando un mundo postapocalíptico donde los libros son la única forma de entretenimiento de gordos ricos y hedonistas, mientras que el protagonista es un Mad Max que busca ejemplares impresos cual si fuera combustible.

Que cuando la civilización llega a su fin los libros pasen a ser lo más preciado es una ironía hermosa y mejor no les cuento quienes son los antagonistas (una pista, es una sociedad secreta y ruin que ya hace sus fechorías hoy en día) o el mcguffin, el santo grial cuya búsqueda le encomiendan al esquelético Bone Machine y su(s) pareja(s).

La historia y los personajes tienen un potencial riquísimo presentando en las primeras veinte y pico de páginas, pero Cortés y Brondo tienen que pisar el acelerador para que la trama cierre en cien. Así que quedan algunos plots, algunos ‘volverán a saber de mí’ y claro, ese ominoso ‘Volumen 1’ en la portada. Pero igual el primer arco tiene un desenlace satisfactorio y resulta una lectura rápida y eficaz. El dibujo de Brondo es versátil, transmite mucha energía y aprovecha el potencial del color, sobre todo para la iluminación de las escenas y variar el tono acorde a los personajes en foco.

En resumen, vale la pena buscar en librerías y saldos de editores por esta colaboración de los ‘papás’ de Llanto, donde mezclan cierta sátira con la aventura pura y dura.

04-faradayCapitán Barato y los Libertadores, Jelly Kid, los protagonistas de ‘Crisis’, Manta, el universo Birdman, Sádico, el universo de Totém Comics… la propuesta de héroes, antihéroes y justicieros enmascarados ‘made in Argentina’ actuales está tomando un impulso y fuerza que llama la atención… pucha, ¡Rondador y Nocturno!… ¿Ven?¡Siempre me olvido de alguno! Guste o no, cada vez hay más y con todo tipo de propuestas, desde el entretenimiento más masivo y espectacular, a la deconstrucción y mirada íntima sobre los arquetipos. La obra que nos compete hoy -lanzada en el 2017- se mueve en el segundo extremo, haciendo más énfasis en el hombre detrás de la máscara.

Y no es metáfora ni spoiler lo de la máscara, literalmente en las primeras páginas de ‘Faraday #1’ a Fede -alias Faraday- le pasa lo peor -o casi- que le puede ocurrir a cualquier superhéroe: es desenmascarado en público.

Así nomás, en tres segundos, toda la popularidad y gloria conseguida -en este mundo donde los superhéroes trabajan organizados y son amados por el público- se esfuman, es despedido y su familia lo odia. Quizás ahora, tres años después, Fede tiene una posibilidad de resurgir pero primero tiene que trabajar en un raro caso que involucra cultos, conspiraciones, villanos reformados, robo de poderes y varias freakeadas más.

Cristian Blasco (‘Sofía’) y Athos Pastore construyen un relato dinámico y entretenido, con vueltas de tuercas y personajes queribles. Todas las páginas están milimétricamente construidas en viñetas pequeñas, de primeros planos o grillas de 3×3, esquivando las splash pages o los efectos visuales grandilocuentes. Narrativamente ‘Faraday’ es más un primo lejano del ‘Hawkeye’ de Matt Fraction y David Ajá que un hermano perdido de Flash o Spider-Man. También hay que destacar el manejo de los flashbacks, a veces en secuencias de páginas completas, otras veces en pequeñas viñetas intercaladas con el presente.

Leídos los dos primeros números, quede muy cebado y espero pronto ver como siguen las aventuras ‘no tan aventureras’ de Faraday, guiado por la mano habilidosa de sus autores.