‘Como mi abuela escuchando Pixies’. Exes de Muriel Bellini y Gustavo Von Chuyo.

Puede ser porque soy nueva en ésto, pero no lo entendí. Y no me gustó porque no lo entendí. Tuve que hacer un esfuerzo mental importante para leer, seguir el hilo en mi cabeza, y tratar de comprender (en el sentido más primitivo de la palabra) qué les pasa a los dibujitos.

No necesito entender todas las cosas, no me interesa saber cómo funciona Linkedin, ni cómo se hacen las biromes, pero cuando consumís arte y/o entretenimiento, está bueno ir entendiendo algo (a menos que estés mirando Twin Peaks, que ya entrás sabiendo que no vas a entender una mierda).

Mi comentario es absolutamente personal y subjetivo, pero a nadie le gusta sentirse pelotudo en general. Entiendo más a mi gato cuando hace ruidos (agua, comida, mimos, salir, despertate tarada que son las dos de la tarde), que lo que está pasando acá.

Quizá no me gustó el mashup. Igual no me dejó un mal gusto, la historia en sí es simpática. Cuando llegué como a la mitad (les diría qué página es, pero no están numeradas), entendí que estaban matando insectos. Sentí un alivio rarísimo. ‘Ah, esto es lo que está pasando, ok.” Lamentablemente, al toque dejé de entender otra vez, y les juro que dormí, no estoy zombie como otros días, esos en que no entiendo cómo hacerme un café instantáneo. Tal vez tengo poco nivel de abstracción y una necesidad aguda de control y entendimiento, tal vez también tengo una úlcera, qué se yo.

Me siento como mi abuela escuchando Pixies, o entendiendo a dónde van los mails. Me frustra un montón. ¿Qué querían contar en Exes? No tengo idea. Ni siquiera podría afirmar quién cuenta la historia. Creo que la voy a volver a leer, imaginando que es de Lynch, y ver qué me genera. Ahora vuelvo, de paso hago un café.

Bueno, volví de releerlo. Me auto-spoileé (cosa que jamás hubiese creído posible). Creo que lo que me cuesta, al igual que no mover las manos en círculo cuando pedaleo, es la no-conexión directa entre texto e imagen. Decidí entonces tomarlo como un género aparte, un mashup disconexo, y disfrutarlo por separado. Ahora me gusta más.

Por último, pero no menos importante: ¡EL TAMAÑO! Como cuando conocés a un flaco, y te das cuenta que todos los anteriores la tenían chiquita. Pero recuerden, no siempre más grande es mejor.

La reseña original acá.

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TAPA‘Devil Got My Woman’ (o como abrevia incluso la portada del libro, ‘DGMW’) es una famosa canción del músico Skip James y también una historieta de Damián Connelly y Berliac donde el propio James tiene una fuerte presencia.

Es la historia de Henry Rowland, un periodista de New York que llega a la ciudad de Bentonia en 1963 para tratar de encontrar a Skip James, desaparecido de la vida pública años atrás. El escenario es fundamental en la trama así que repito: es Mississippi en los sesenta y Rowland es un periodista blanco husmeando en una ciudad con mayoría de población de color. Cada interacción, cada dialogo sugiere una incomodidad y tensión racial que se puede cortar como manteca y más cuando Rowland estrecha ciertos vínculos, en especial con Marion, una joven con muchos secretos (como el resto de los personajes)

‘DGMW’ a primera vista tiene un ritmo parsimonioso, distendido, con viñetas mudas y secuencias oníricas que parecen inexplicables; pero de repente todo se une en una historia de suspenso con toques sobrenaturales donde cada momento previo que parecía inconexo aportó un elemento de desarrollo.

Los diálogos en voz neutra que son marca registrada de Connelly (como en ‘Las chicas de nadie’) esta vez no distorsionan la experiencia de lectura (aunque en un libro con tanto énfasis en la ambientación leer ‘Nueva York’ en vez de ‘New York’ genera un quiebre mínimo de atención) y el dibujo de Berliac esta afiladísimo para hacernos sentir en esos pantanos, vías de tren y cabañas venidas a menos. Los rostros de los personajes tienen poca expresión pero en ningún momento se descuida el clima de opresión, extrañamiento y misterio que es la verdadera estrella del tomo. A destacar que todas las viñetas están solapadas sin ‘calles’ entre ellas, lo que le permite al artista aprovechar el tamaño promedio de la edición (los infames 14×20 cm. tan tradicionales como guachos para el lucimiento gráfico) y mejorar el fluir narrativo.

Aunque ‘DGMW’ en algún momento deja de lado el misterio del músico (o no, porque siempre hay pequeñas insinuaciones) para convertirse en otra historia y tiene un desenlace chocante, es una buena demostración del compromiso de guionista y dibujante por contar una atrapante mezcla entre hechos reales y fantasía, de esa que nos llena la mente y el corazón como un buen tema de blues.

 

¿Qué onda?

Cuando miro los laburos en color directo de Natalia Lombardo pienso en la ilustradora perfecta para un libro de lectura de escuela primaria. Acaso sea cierta estética kistch que me recuerda esquemas de color simples y contundentes de tiempos de mi niñez, cuando no había toda esa parafernalia tecnológica de sombreados resueltos con precisión informática imposible que hay hoy en día. Hago una relación improbable con las ilustraciones de María Alcobre para el Viento en Popa 2 de Mirta Goldberg de las ediciones ochentosas de Aiké. Improbable porque el estilo de Natalia no tiene nada que ver. Lo que más se le nota a este fanzine y a Natalia es la atención al detalle y el cuidado de ciertas cosas a la hora de editar. La revista tiene dos planchas de papel ilustración a color, uno para la tapa y otro para una especie de cubierta interna, con dibujos de Sebastian que se repiten en patrón. Eso es mostrar criterio estético para presentar una revista. Las esquinas derechas de la revista están redondeadas, lo que es un detalle que indica una intención muy profesional al montar y armar los ejemplares. Esas cosas cuestan, porque no se hacen a mano (a mano queda horrible y salvo que seas una máquina infalible, nunca quedan parejas). También me encuentro ante el primer fanzine (N. del R.: del que yo tenía conocimiento) que se declara como tal desde el título.

¿De qué se trata?

Fanzin Preview es la revista menos críptica que he tenido oportunidad de tener en mis manos. Si deschava su formato en el título, buchonea su idea en el subtítulo, y te cuenta la cosa de una en sus primeras páginas, con presentaciones de los personajes principales primero y de la historieta después. De hecho, más de la mitad de las páginas de la revista se dedican a las presentaciones y a bellas páginas con dibujo y diseño pero sin historieta. Siete páginas bastan para presentar la historia de un pibe que se reparte entre el ceramismo y la taxidermia como modos de vida y su vocación fanzinera, que un día decide abandonar el abandono de su carrera historietística y rearmar su grupo para volver a hacer fanzines. Como la revista indica, es una preview, una muestra de lo que será la obra completa. Los personajes principales son un tanto border: un fanzinero que labura haciendo cerámica y embalsamando animales, un mangaka gay sadomaso que sueña con comerse un bebé chino, un artista conceptual mitómano, hipocondríaco y politóxico, una suizojaponesa misántropa que trabaja en un local de comidas rápidas pese a que tiene una considerable fortuna familiar y vive en una mansión con lago propio, y una patinadora artística de familia de alcurnia con un serio problema de drogas, cuya presentación formal no se encuentra en este número

El disparador es un ex-colega fanzinero que toma una idea del protagonista, Sebastián, y la convierte en una historieta en la que no lo acredita para nada, lo que lo motiva a Sebastián a volver a hacer fanzines y reclutar para eso a una serie de amistades. En el camino, hay situaciones cómicas y limítrofes, y un equipo que empieza a conformarse. Son presentaciones breves y contundentes, sin lugar para mayores desarrollos. Al cabo, es una preview. Es de esperar que salga alguna vez el FANZIN posta, el que cuente LA historia, pero siendo fanzine, nunca se sabe. Por ahora, hay que conformarse con este comienzo.

Si hay que marcarle algo a una revista tan cuidada en detalles como ésta, es la impresión de las historietas en particular y la del contenido en blanco y negro en general. Los dibujos que originalmente eran a color y se pasaron a grises para el interior de la revista quedaron un poco oscuros. Es probable que hayan usado la misma saturación para las historietas, que parecen estar hechas a tinta y pensadas para imprimir en blanco y negro. En algunas páginas, esa saturación y el uso de tanto negro causó que algunos lugares donde debiera haber blanco se ensuciara con tinta, o que se noten los renglones de guía para los textos dentro de los globos de diálogo.

Cosas que se nos han escapado a todos los fanzineros, dicho sea ésto. Editando aprendemos, esa es la verdad. Lo mismo pasa con el tema del centrado de las páginas a la hora del corte. Hay páginas que quedaron muy afuera, y la cizalla casi se morfa un costado, en las páginas pares de la historieta (2, 4 y 6).
La tapa vende, hay que decirlo, y esta tapa tiene color, un título grandote y rojo que llama la atención (lo hizo conmigo) y los personajes dibujados claros y en buen tamaño, cosa que también ayuda al ojo a mirar la tapa. Lo que de veras quiero es que Natalia saque de una buena vez el resto de la historia, o el número 1 de FANZIN, para saber qué va a pasar cuando el equipo se complete, y ver qué nuevas situaciones genera esta ecléctica yunta de fenómenos que buscan hacer lo que todos nosotros: triunfar haciendo un fanzine.

¿Quién debería comprar FANZIN preview?

Es claramente una historieta para adultos, o para gente con un mínimo de madurez mental. Aunque son dibujos potables para ilustrar de cuentos infantiles o libros de lectura de primaria, el guión apunta más a gente del palo y de las edades de los protagonistas, o sea jóvenes adultos. Es una interesante tensión que da para mucho más, en una edición bastante lujosa para el estandar fanzinero, y si mejora algunos detalles y tira la carne al asador presentando la historieta completa, vamos a estar hablando de un PROZINE digno de lo que Sebastián Moreaux, su protagonista y líder, desea: un fanzine para triunfar.

‘Me copa ésta turbiedad”. El Asco, de Diego Agrimbau y Dante Ginevra.

Primer mashup. Como el negro Rada y Natalia Oreiro, supuestamente homenajeando a Gilda con ‘Corazón Valiente’, generándome piel de gallina y ganas de aprender a hacer una bomba con materiales domésticos. Bueno, todo lo contrario, Agrimbau-Ginevra funcionan genial juntos, y deciden contar esas cosas que todos flasheamos pero normalmente no decimos, porque no da.

Haciéndose los boludos, disimulando con vómitos y deformidades, tratan algunos mambos internos de lo más comunes pero oscuros. De esos profundos que uno sólo charla con ese amigo, ese que te dijo que tiene hemorroides y te lo dibujó para que lo entiendas. ‘¿Qué nivel de hemorroides es éste? ¿Me lo googleás?’.

Ya nada nos sorprende: bukakes, Nicholas Cage, gatos andando en patineta. Si ya es tarea difícil hacer reír, imagínense dar asco. Me gusta imaginarme a la dupla creativa definiendo algunas cosas… ‘Che, ¿qué ponemos para incomodar al lector? ¿Algo con Morgan Freeman? No, pongamos a una señora metiéndose un gato en la concha. Dale.’

¿Qué hacemos cuando no nos ven? ¿En qué pensamos para hacernos una chaqueta? Quienes tenemos esa hermosa habilidad de recrear imágenes nítidas mentalmente, y me incluyo, no precisamos del porno externo. Voy leyendo y pienso: me copa ésta turbiedad.

Todos tenemos esa voz chotísima y negativa, esa conversación interna, que nos dice que somos boludos y la minita se equivocó, que cuando nos vea se va a dar cuenta que hizo cualquiera. ‘Dejala antes de que te deje, cagala con otra así no se da cuenta que estás hasta las pelotas de amor.’ El Asco es tan circular que asusta.
Más de una vez te tira la posta, una posta de mierda pero acertadísima. Si conseguimos todo lo que queremos, ¿vamos a ser felices? Ni en pedo.

Genera rechazo, porque está coloreada horrible, con ese beige-caca-caracol, y porque nos dice algo que ya sabemos, pero que no tenemos ganas de aceptar. Funciona, como Whiskas para ocho de diez gatos, pero no sé si la volvería a leer. Con la misma premisa básica podrían haber hecho una rom-com. Qué suerte que no lo hicieron.

La reseña original acá.

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‘A tu rojo ruta’ es un palíndromo, una frase que se lee igual en ambos sentidos. También es el título elegido por Mariano Taibo para esta obra desarrollada para una empresa de contenidos para celulares, de ahí su formato apaisado. En una primera lectura llama la atención el título porque es un comic con una trama central que tiene comienzo, desarrollo y desenlace y que se lee de forma tradicional. Hilando fino se ven las razones: la narrativa salta en el tiempo en casi todas las páginas, la impresión es a dos tonos de tinta (roja y azul) haciendo especial énfasis en los detalles colorados y las rutas son un escenario central en todo momento.

a-tu-rojo-ruta_01La trama central sigue a Federico, un ingeniero de la ciudad que se desplaza al sitio de construcción de un gasoducto remoto y aislado, desconociendo que la obra es una tapadera para un montón de situaciones turbias que se relacionan con una tragedia personal. Situaciones que involucran alteres del Gauchito Gil, prostitución, drogas, tráfico y hasta sacrificios humanos.

Las escenas de violencia no solo son jodidas por lo que muestran sino por lo que sugieren en data y veracidad, un realismo morboso que hace más perturbador todo. Esa credibilidad se pierde en algunas páginas cuando el asunto se pone místico y se atan cabos sueltos por pura Deux Ex Machina pero Taibo pega el volantazo a tiempo (vieron, otra referencia pistera!) para volver a la historia policial espesa y amarga.

El autor mueve el foco de la narración sobre cada uno de los trabajadores del gasoducto para mostrar que todos tienen un pasado jodido que de alguna manera los arrastró hasta ese lugar y circunstancias. Al comienzo tanto flashback resulta confuso pero como se mantiene un uso constante del recurso y se dosifica la información en lo necesario, es fácil agarrarle la mano.

El dibujo presenta bien los cambios temporales, le saca el jugo a la impresión de dos tonos y para escenas abiertas, donde se luce el escenario rural, el formato horizontal juega a favor; resulta un poco confuso cuando dos personajes se parecen (el ‘Correntino’ y el mayor de los hermanos Ibarra, por ejemplo) pero igual es un notable trabajo visual con muchos hallazgos.

‘A tu rojo ruta’ es un libro punzante, que no busca el amiguismo pochoclero con el lector sino hacer mella, provocar y dejar pensando con uno de los comics mas jodidos y sangrientos de la historieta nacional reciente. No es poco.

Cuando en 1979, Leandro Sesarego editó Crash! —el primer fanzine de la Historieta Argentina—, no imaginaba que aquello era la punta de lanza de un movimiento que, aunque tímido al principio, se volvió una fuerza irrefrenable que superó todos los vaivenes económicos y culturales de nuestro país, hasta erigirse en uno de los principales componentes de la cultura del cómic en Argentina. Este ciclo, titulado Memoria del Malón, recaba el testimonio directo de algunos de los actores más interesantes que pasaron por la autoedición, el fanzine y su hijo directo, la edición independiente.

M. A. Strigaro —por todos conocido como Waquero— no es solo uno de los personajes más carismáticos del under porteño de los ‘80 sino, también, una leyenda de la autoedición. Activista político,  Gestor cultural, emprendedor, autoeditor, guionista, conductor, actor y profesor de teatro, tras su figura, se esconde el primer gran fanzine de historietas de nuestro país, la revista O No, donde brillaron talentos como Mariano D’Angelo, Roberto Lorenzo, Jorge Fantoni y Daniel Ortiz, entre otros. A poco más de 30 de la aparición de O no, Waquero rememora su propia historia.

El niño lector

Nací en un rancho ganadero en EEUU, mi días transcurrían entre los ‘longhorn’, vaqueros taciturnos y leyendas de ‘rednek’… Sin televisión ni nada parecido. Sin embargo, una vez a la semana mi abuelo iba al pueblo y, mientras él hacia las compras en el drugstore, yo ‘asaltaba’ el exhibidor de cómics de la DC. Allí Batman y Superman eran mis mejores y principales amigos por 10 centavos.

La vuelta al rancho con mi abuelo en esa vieja Ford V8 del ‘38 era un mar de aventuras, en donde yo le contaba los episodios de mis superhéroes, adicionándoles algo de mi propio peculio, a lo que JPJhonn Paul, mi abuelo— me preguntaba cosas inesperadas, como qué cosa hacía mantener al Superman en el aire o porqué Batman con tanto dinero hacia las cosas solo con Robin en lugar de tener todo un ejército, yo le inventaba mis propias respuestas y eso lo hacía estallar en carcajadas.

Leía las historias una y otra vez, recuerdo cuando nos sentábamos en porche de la cabaña, con la radio apenas audible, escuchando algún tema de Johnny Cash, mientras JP fumaba su Marlboro y bebía una Dr. Pepper o una Budweiser, y al cabo de un tiempo me decía… ‘¿Qué hay de nuevo con Bat o Sup?’. Y entonces yo, comenzaba a narrarle aventuras que me venían a la mente como las ardillas a las nueces.

Ya en la Argentina la cosa cambió de color, mi madre, adicta a la televisión, me indujo a su vicio. Las creaciones en papel cobraban movimiento y se le sumaban héroes y magia. Dibujos y series en carne y hueso de mi ídolos y la aparición de tres sujetos locos The Three Stooges —la traducción más cercana sería los tres ‘peleles’, ya que decir ‘acompañantes de apoyo de la figura principal’ es demasiado largo, pero real—, me sumergieron en un mundo distinto. En esa época, en el cable, las cosas no se tomaban con las mismas pinzas que ahora y los dibujitos venían en idioma original, lo que para mí no era problema y era al ‘traductor’ oficial de mis amiguitos, hasta que el ‘¿Qué dijo, qué dijo?’ se volvió francamente insoportable. Por suerte y al cabo de poco tiempo se tomaron el trabajo se subtitular las series y traducir los dibujos.

Pero creo que lo que me inclinó más a mi carrera de guionista fue la escuela, por una maestra que propuso a sus alumnos que ilustráramos el cuaderno con ‘figuritas’, eso desató mi imaginación. Al principio solo eran figuritas cortadas de las viñetas de las revistas, pero luego de manera gradual sumaba figurita tras figurita hasta armar historias propias. Cuando llegué a completar todo un cuaderno con una ‘aventura’ en donde Batman y Capitán América salvaban al mundo de unos malvados fue la gota que colmó el vaso y mi maestra, una pobre mujer limitada y amarga, mandó a llamar a mi madre para regañarme y exigirle que ponga ‘un poco de límites a la desbordada y febril imaginación de su hijo’. Si, así como suena. Mi madre no me sermoneó, pero ‘sugirió’ que guardará esas aventuras para mí, lo que llevó a completar cientos de cuadernos con mis propias aventuras que nunca vieron la luz.

Comenzaba a decaer en mi entusiasmo cuando, para el cumpleaños de un amiguito, dieron un programa en particular por una televisión que justo en ese momento nadie veía pero que estaba encendida. Un grupo de chinos, japoneses, asiáticos bah… Se alarmaban y corrían de un lado para otro, curioso por saber que provocaba tal desmadre permanecí absortó hasta que apareció en la pantalla un maldito lagarto gigante…

Mi corazón perdió un latido. Pero antes de que pudiera poner de nuevo mis ojos en sus cuencas se le sumó un personaje justiciero de su talla, Ultraman. Así que mientras mis amiguitos corrían por el patio con sendos bonetes de papel, arrojándose papel picado y serpentinas, entre gritos y risas de alegría y chillidos de los ‘espantasuegras’, yo miraba de rodillas y extasiado como dos gigantes destrozaba una ciudad de cartón. Los monstruos habían ingresado a mi vida.

Ya llevaba este glorioso currículo en mi extensa vida de seis o siete años cuando otro hecho ‘fatídico’ marcó mi vida. Mi madre debía visitar a un vecino en la cuadra pero no tenía con quien dejarme, me preguntó, acudiendo a mi hombría, si era capaz de quedarme solo por espacio de 10 minutos. Valientemente le conteste que sí, tenía como compañía a mis lápices, mi goma de borrar y mi cuaderno de dibujos. Al cabo de unos instantes de soledad, se desató el infierno. Se cortó a luz. La única luminosidad en la casa era el fuego de un hogar artificial, me refugie en su aureola invocando a mis héroes para que me protegieran. Mientras aguarda la llegada de ellos, y mientras pasaban los minutos, descubrí que los espectros no avanzaban a tocarme el tobillo. Lenta pero inexorablemente sentí curiosidad por mi estado de ceguera. Comencé tanteando la pata de la mesa, luego la silla, hasta que finalmente comencé a buscar mis lápices y cuaderno y jugar a ‘dibujar sin ver’. Nada había que temer en la oscuridad.

Cuando mi madre volvió, la luz hacía rato que había regresado y me encontró tranquilo. Dibujando. Nunca me creyó que la luz se había ido. Solo una incipiente quemazón en mi rostro daba asidero a mi historia.
Al comprobar que los monstruos no existían comencé a buscarlos… Pero como diría Michael Ende… ‘Eso es otra historia’

El joven editor

Con semejante introducción al mundo de las historietas no era de extrañar, cuando por el ‘83, al llegar la democracia, que me dedicara a ella. Un fenómeno maravilloso y disparador. Las primeras cosas que me llamaron la atención fueron la explosión de revistas porno que poblaron los kioscos de Buenos Aires. En la televisión un programa en particular, llamado Función Privada, proyectaba una serie de películas nacionales de alto contenido de desnudos, no eróticos pero desnudos al fin —les recuerdo que veníamos de un momento en donde hasta los almanaques de bolsillos de chicas desnudas eran censurados—, de manera que ver esas películas y esas revistas era ‘shockeante’. Pero además, aparecieron las revistas de historietas españolas con toda una carga de cómics de vanguardia. Bumerang, Creppy, Metal Hurlant, entre otras, pero sobre todo la Tótem manejaba un idioma visual y narrativo absolutamente nuevo.

De ser arrestados por estar caminando en la calle por la dictadura pasamos a un desenfreno de arte y talento, los mimos cubrían las plazas, se hacían obras de teatro en las veredas, radio, tele, cine… Comenzaba una cultura superlativa. La cultura ‘Ander’. Como todo evento trascendental pero repentino el amanecer cultural era tan extraordinario como caótico. En un principio todo era arte, por el solo hecho de surgir de las tumbas silenciadas hacia tanto tiempo, pero luego lentamente comenzó a aparecer el pescado podrido. Recuerdo una bazofia hecha a fotocopia del sospechosamente ilustre Batato Barea. Un actor que ganó su fama por trasvestirse en los eventos culturales y usando un humor mezcla de ironía y bajeza cotidiana.

Con la aparición de Fierro y su concurso llamado ‘Fierro busca dos manos’ las cosas comenzaron a enfilarse y a tener más sentido. Se descartaron a los que publicaban fotocopias de su trapo de piso y se comenzó a vislumbrar el verdadero talento. Una infinidad de revistas de calidad superlativa aparecieron del día a la noche. En realidad, al organizarse es como se conformó con propiedad.

Recuerdo que nos reuníamos en un desaparecido bar de la Avenida de Mayo, convocados por un sujeto que pretendía hacer una revista profesional paralela a la Fierro. Infinidad de talentosos valores desfilaron en vano por esas mesas por culpa de este buscador de quimeras que nos sumergió en sus banales sueños. Harto de tanta postergación decidí sacar una revista ‘Ander’, sabiendo o sospechando que el milagro de una revista profesional no se iba a concretar. Junté a los valores que pude y que por suerte consideré los más valiosos y creé la O No.

Muchos colaboraron con la O No y muchos hoy en día son profesionales en el tema. Gerardo D’angelo, Mariano D’angelo, Daniel ‘Tut’ Vazques, Roberto Lorenzo, Fabián Fucchi, Jorge Fantoni, entre otros y hasta los maravillosos Carlos Trillo y Félix Saborido fueron colaboradores. Algo que no había logrado ninguna revista ‘Ander’ jamás. Nunca tuvimos mucho contacto con otras revistas en esa época, salvo con Andrés Accorsi y su -por entonces- nuevecita Comiqueando. Un pastiche pegado con plasticola y un armado desastroso y que a pesar de ello traía un material sorprendente.

Por desgracia, salvo los D’angelo los demás no podían usar su tiempo para la organización de la revista, tanto de manera externa como interna —no olvidemos que casi todos eran estudiantes en esa época—. De manera que además de director, mi trabajo era el de productor, relacionista, cadete, etc.

Gracias a personas como Pablo Muñoz y Andrés Accorsi —que fiel a sus orígenes nos daba mucha participación en la Skorpio, en donde me volví profesional—, surgió la posibilidad de organizar el sector de historietas ‘Ander’ de la primera Bienal de Arte Joven. Allí, además de los colaboradores de siempre, aparecieron maravillosos amigos, como Toni Torres. Nuestro evento fue el único que sobrevivió a la Bienal en sí. Ésta pretendía llevar el evento a los centros culturales barriales, pero no lo logró, en cambio nosotros pudimos hacerlo repetir la experiencia en el Centro Cultural Parque Chacabuco y otros.

Por ese ejemplo de fuerza, se me ocurrió formar una agrupación que pudiera aunar esfuerzos y prolongar el efecto ‘Ander’, así nació Los Cuadronautas. Nuestra primera finalidad era formar eventos de divulgación y exposición para recaudar fondos para comprar una imprenta. En ese sentido, la Fierro nos brindó mucha ayuda, en cada número hablaba de nosotros y de nuestros eventos. Prácticamente vivíamos en la redacción de Fierro, donde el ‘Bocha Flores, entre otros, siempre nos daba una mano.

Eventualmente, Juan Sasturain me preguntó si no quería publicar algo en Fierro, ni lerdo ni perezoso le llevé casi todo el material inédito de la O No. Entonces, Juan se quedó con cuatro o cinco de esas historietas. Sin embargo pasaban los números y no aparecía nada de lo mío. Fue ahí cuando me enteré que no había interés en publicar lo mío y, por un secreto a voces, la razón era mi militancia en el Partido Radical. Aparentemente, caí muy mal en la redacción que, en ese momento, manejaba Juan Manuel Lima. Sin embargo, gracias a la astucia y amistad de muchos chicos de la redacción logramos filtrar una historieta mía en el número 90 de Fierro, se llamó ‘Viajero de la Eternidad’ y tuvo con dibujos de Mariano D’angelo.

Estaba en la cima de todo: Sacaba la O No, Dipsus, Rigor Mortis, tenía un programa de Radio en la Municipalidad, con el nombre ‘Delirando con Waquero’, y prácticamente participábamos de todas las muestras. Claro después apareció Menem y se pudrió todo.

El adulto reflexivo

Paso algo curioso con Los Cuadronautas, mi función era la de siempre, el hombre orquesta. Salvo con honrosas colaboraciones, solo Gerardo D’angelo participó codo a codo conmigo en la organización. Para colmo, con excepción de las revistas de Accorsi, ‘Comiqueando’, y la de Muñoz, ‘HGO’, las otras parecían patear en contra. Una extraña y nefasta competencia comenzó a poblar en los fanzines, defenestrándose unos a otros, en lugar de colaborar por el bien común. Por supuesto, muchos de esos adalides hoy están en el anonimato absoluto, lo que demuestra a las claras que solo eran mediocres en busca de sus 15 minutos de fama.

Tras cartón la hiperinflación de la última época de Alfonsín fue lapidaria, recuerdo la anécdota de uno de los últimos números de O No en donde, estando en la imprenta, durante el tiempo que me llevó trasladar los ejemplares al mostrador me aumentaron el precio. Y con Carlitos Saúl, fue la debacle. Deshizo la Subsecretaria de la Juventud, de la cual estaba a cargo, levantó el programa de radio y desecho todo tipo de presupuesto para el área de cultura. El país se sumergía en un caos de incultura y frivolidad chabacana.

Decididos a no darnos por vencidos y gracias a la nueva tecnología, decidimos sacar nuevamente la O No ahora sí como revista profesional. Habíamos madurado como para agregar más notas y, también, fotonovelas. Yo era actor y profesor de teatro desde hacía varios años y me pareció oportuno mostrar a mis actrices en dichas páginas con un sistema olvidado como el de la fotonovela. Desafortunadamente los colaboradores comenzaron a escasear y mantener el nivel era imposible. Solo quedábamos Comiqueado y O No como revistas profesionales en el mercado.

Fue entonces cuando me dediqué a la Axxón. Gracias a un viejo colaborador Daniel Tut Vazques comencé participando en la columna de un amigo, hasta tener mi propio espacio en la revista, ‘Bajo el suelo Ander’ la cual compartí en un comienzo con mi esposa, Natalia Strigaro, hasta que ella también tuvo su propio espacio, ‘La Luna de Hueso’.

Tanto creció ese sitio que hubo que dividirlo. Un amigo de España se dedicó a la versión Europea, ‘Eurander’, y yo a la americana, ‘Amerander’. Publicábamos de todo, juegos historietas, dibujos, cuentos, notas, etc. Finalmente el espacio comenzaba a opacar a la propia Axxón, así que cuando comenzaron los problemas de cartel, decidí irme dando un portazo. De manera que durante un tiempo decidí volver a lo mío, el teatro, y comencé a pensar en un libro, FantasmagoriaRelatos de Terror’.

Hoy el libro está agotado, por suerte se vendieron todos los ejemplares. El mundo ‘literario’ me cansa, te mezclás con talentos increíbles al mismo tiempo que con unos loros muertos a escobazos que dan pena. Muchos mediocres hacen sus propias ediciones y luego vas viendo los libros en las mesas de ofertas por monedas o te los regalan por cualquier motivo. Esto se aplica tanto a los libros como a las revistas. No están mal las autoediciones pero no son confiables como producto comercial. Y hoy en día, mi consejo es dejar de lado el romanticismo de décadas anteriores y apuntar a vivir de esto.

En cuanto a la historieta argentina actual siento una profunda lastima. La Fierro no es ni la sombra de lo que era. A menudo nos reunimos con amigos de esa época, que hoy son celebridades, y no rescatamos mucho de lo actual. Así que por ahora seguiré con mi verdadero amor que es el teatro y algo de cine, pero… Pero no puedo renunciar del todo a mi viejo amor, así que estoy guionando para un dibujante internacional, como lo es Germán Ponce, y para mi amiga de siempre, Patricia Breccia.

Y si no es un atrevimiento me gustaría despedirme con un pedido. Sigan creando, no importa la calidad, sigan creando historietas. Que de la argentina han salido algunos de los más grandes.

angel-mosquito-la-calambre-tapa-en-alta1-d719b8e6436344d9fc15126436253091-640-0Larry y Mogul son vampiros. Pero no elegantes vampiros europeos que viven en castillos transilvanos y duermen en ataúdes durante el día; en cambio los vampiros pensados por Ángel Mosquito huelen mal, se bancan el sol, comen y cagan como cualquier hijo de vecino y en definitiva tratan de ganarse la vida como pueden, por las buenas y también por las malas. Porque estamos en Argentina en el 2003, verdadera “tierra de nadie”, del “sálvese quien pueda” y cualquier otra frase fatalista que se les ocurra, una época donde ni siquiera los hijos de la oscuridad lo pasaban bien.

‘La Calambre’ es antes que nada una obra costumbrista con mucha acción, no siempre del tipo “palo y a la bolsa” pero si donde todo el tiempo pasan cosas: entran y salen personajes siempre y hay dos tramas que parecen ir separadas y se conectan en los momentos justos, logrando una lectura ganchera y entretenida. Por momentos la mano es cómica, por momentos más espesa en el tono dramático, con personajes que se sienten reales, que tienen problemas comunes a cualquier persona. Y todo transcurre en el conurbano bonaerense, así que Mosquito apenas se aleja de los argumentos y temáticas que desarrolla desde hace años solo o con Federico Reggiani.

Uno de los elementos mejor ejecutados es la ambigüedad; no hay buenos ni malos, sí personajes que les tocó un rol antagonista dentro de la historia pero que no pierden credibilidad, con sus momentos altos y bajos. Incluso Mogul y Larry, que despiertan empatía casi todo el tiempo, tienen sus viñetas turbias y pesadas. Hay una sola página con un flashback que esta armada en joda y para no tomarse en serio.

¿Y el vampirismo? Hay situaciones puntuales de la historia donde el elemento fantástico aparece con toda la furia (literal) pero en general Mosquito lo mantiene en segundo plano o lo usa como una metáfora: ser vampiro es tanto o más jodido que ser un indocumentado, por ejemplo.

El dibujo es sin duda uno de los mejores trabajos de Mosquito; mantiene la línea estética habitual pero cargada de tramas, grises y sombreados. Las referencias geográficas como la autopista Acceso Oeste, los bondis y las casas se reconocen al toque y sin parecer que haya referencia fotográfica sino puro conocimiento del lugar.

Mención aparte para las páginas enciclopédicas al final del tomo que explican que es el Gran Buenos Aires, el robo de autos con equipos de GNC, los cartoneros y demás cosas muy conocidas en Argentina. Desconozco si Mosquito las colocó pensando en el lector español (donde se publicó ‘La Calambre’ por primera vez) o directamente jodiendo con que esto sea leído por alguien que considera igual de ficticia tanto la realidad argentina como los vampiros.